4 de noviembre de 2014

EL MÉTODO DEL MAESTRO. DANIEL MEUROIS.


Sabréis, amigos míos, que en este mundo hay en general dos maneras de ser…
La primera es la del hombre-animal.

Es la de todos aquellos que experimentan la necesidad imperativa de “marcar su territorio”. Esta manera de ser se manifiesta en todos los planos.

El nivel físico es por supuesto el primero al que concierne.
Este nivel está en estrecha relación con el segundo Chakra, el de las emociones, en plena efervescencia, que eventualmente nos arrastra a numerosos excesos verbales y cerebrales.


Os diré por lo tanto que esta manera de ser es la de los combates y de la búsqueda del triunfo.
A continuación viene la segunda manera…
La manifestada por todos aquellos que han comprendido las claves tanto del estado de confianza,  la de aquellos que saben que no necesitan ni murallas ni armas o escudos para proteger nada, ya que el universo entero les es ofrecido en herencia.

Os pregunto ahora: Cuando miráis lo que ocurre en el hueco de vuestro estómago… ¿Por cuál de estas dos maneras de ser os dejáis llevar la mayoría de las veces?”

Con estos términos comenzó la enseñanza del Maestro en relación a la purificación del tercer Chakra. Aunque todos sentíamos ese plexo en un punto preciso y único situado a la distancia de una mano por encima de nuestro ombligo, Él quería indicarnos así su doble aspecto…
doble como el de aquél “yo” encarnado al que llamamos hoy el ego, capaz de lo mejor y de lo peor por poseer como herramienta el libre albedrío.

Según el Maestro Jeshua, el modo en que se desarrolla el tercer Chakra determina que el ser humano
pueda entablar –o no– su extracción radical del universo instintivo de los animales.
Así el tercer Chakra era para Él análogo a una hoguera… sabiendo que toda hoguera puede revelarse destructora o salvadora.
Por otra parte seguramente no sea casualidad que llamemos a esta zona de nuestro cuerpo “plexo solar”.

El sol ciega en su triunfo a aquéllos que se dejan hipnotizar por él en una especie de desafío interior, pero nutre y vivifica a aquéllos que, se ofrecen a él en toda inteligencia y armonía.

Inversamente, devora a aquéllos que, por ignorancia y miedo, se separan de él tratando de ocultarse de su brillo.
Para hacernos comprender mejor el doble principio del Fuego, el Cristo señaló el costado izquierdo y el derecho de uno de nosotros.
Indicaba así globalmente la región del bazo y del páncreas y la del hígado.

Siempre según el Maestro, el tercer Chakra –que los Orientales llaman Manipura– está relacionado con la función de asimilación o de digestión.
Sin embargo no sólo situaba esta relación en el contexto de nuestro organismo físico, sino que la consideraba aún más en el plano psíquico.
A ese nivel, asimilar, digerir y seleccionar relevan al ser humano directamente del libre albedrío. Según Él, el mal funcionamiento de los órganos regidos por el tercer Chakra estaba por lo tanto estrechamente ligado con las dificultades de la personalidad encarnada.

Las elecciones que un ser humano debe hacer en su vida, la manera en que sabe o no sabe seleccionar aquello que viene a él, el nivel de animalidad que manifiesta frente a ciertas situaciones, condicionan por ello en gran medida el equilibrio de sus funciones digestivas.

Así fue cómo, frente a nosotros que estábamos absortos, estableció algunos puntos de similitud entre Él y Prometeo.
Prometeo –recordémoslo–, es aquél Titán que había resuelto descender de los Cielos para encarnarse en nuestro mundo y ofrecer el Conocimiento a nuestra humanidad con el objetivo de salvarla.

El mito de Prometeo dice por otra parte que, por haber osado realizar ese gesto, el Titán fue condenado a ser encadenado a una roca donde un buitre venía a devorarle el hígado cada día.
Algunas versiones de este mito afirman incluso que Prometeo no estaba atado a su roca, sino que estaba completamente clavado, es decir, crucificado.

Siempre según la tradición, Prometeo trajo el fuego a los hombres y les enseñó el arte de la metalurgia.
El Maestro insistió sobre el hecho de que no había que comprender el término fuego de otro modo que no fuese simbólicamente.
El Fuego del que se trataba representaba al mundo emocional que caracteriza al nivel de conciencia propio del estado humano.
Tocaba por tanto concretamente y sutilmente a toda la esfera digestiva del cuerpo, en particular a la función hepática.
Por otra parte… ¿acaso no decimos hoy “se le altera la bilis” como sinónimo de irritación, y para referirnos a una reacción ante algo penoso decimos “se me hace un nudo en el estómago” o incluso que es “difícil de digerir”?

Su intención era la de hacernos siempre viajar de lo sutil a lo denso y de lo denso a lo sutil para permitirnos comprender mejor la porosidad que existe entre los mundos y, en última instancia, su unidad.

Los metales son pesados y a menudo dotados de propiedades cortantes. De nuevo, hay expresiones que lo muestran bien: “tener una mirada de acero”, “una voz metálica”, o vivir una situación “muy 
férrea”.
Sea como fuere el Maestro siempre intentaba hacernos dirigir una mirada de comprensión y no de rebelión sobre los aspectos difíciles característicos de nuestro ciclo de vida.
El aporte en densidad debía ser percibido como un regalo hecho a la especie humana para que ésta
descubra la quemadura de la adversidad y la utilidad del trampolín que constituye de igual modo la materia.

Interrogado sobre el hígado de Prometeo que volvía a crecer sin cesar tras haber sido devorado a diario por un buitre, Jeshua nos enseñó que este órgano era la sede tangible de nuestra realidad egótica encarnada.

El hígado de Prometeo volvía a crecer porque estaba, en el hombre, ligado al necesario desarrollo de su personalidad independiente y de las emociones que debía aprender a domar.
Por su parte, el buitre simbolizaba la necesidad de una limpieza regular de la dimensión emocional y afectiva del ser humano que experimenta la vida en su aspecto tanto más instructor cuanto más pesado.

De hecho el Cristo buscaba constantemente reconciliarnos con las dificultades inherentes al mundo de la carne.
Su intención no era por cierto glorificar la personalidad encarnada con todas las imperfecciones que necesariamente manifiesta, sino respetarla y agradecerla por la herramienta de avance que representa.

Si la intención de este Titán había sido la de servir a la raza humana y era en consecuencia generosa, ¿por qué entonces la tradición afirmaba que su gesto lo condenó a ser atado a una roca y a serle devorado el hígado?

Mientras buscaba palabras comprensibles por nosotros, el Maestro esbozó una sonrisa.
Finalmente, dio esta respuesta:
“Prometeo es el otro nombre de aquél Arcángel que, al no respetar el orden establecido del universo, 
emprendió la rebelión contra la Fuente… Al expresar el libre albedrío y al hacer don de este último a la humanidad por medio del conocimiento del Bien y del Mal, no es ni al hombre ni a la mujer a quien entendía servir primero, sino a sí mismo. 
Su meta era su propio triunfo. 
Sabed no obstante que, tras su arrogante rebelión, este gran ser es uno de los mayores iniciadores de la humanidad. 

No lo juzguéis porque, os lo digo en el más absoluto secreto, es un poco mi gemelo del otro lado del Sol. 
Meditaréis estas palabras…”

Libro: El Método del Maestro
Daniel Meurois
www.istharlunasol.com


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